¡Tienes que creértela!

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-Roberto Ibarra: Oye Ariel, antes de entrar más a detalle de lo que es Ariel Rojo Design Studio, y cómo has llegado a esta trayectoria y este portafolio tan extenso que tienes, lo que hacemos aquí en el programa de Vida Entrepreneur es motivar a nuevos emprendedores a que nazcan. Pero antes que nada les queremos contar la realidad. Que nueve de cada diez emprendimientos van a fracasar, y cómo ellos se comporten ante estas situaciones de fracaso es lo que va a definir su éxito posterior como emprendedor. Entonces en esa tónica Ariel, por favor cuéntanos la historia de tu peor momento como emprendedor. La situación que más te haya dolido a la fecha en este emprendimiento. Por favor llévanos a revivir esa historia contigo.

-Ariel Rojo: Mira, historias de terror yo creo que todos los días tenemos hasta cierto punto historias de terror. Porque el diseño se dedica a solucionar problemas. Entonces somos como estos programas de detectives, que hubo un homicidio o algo espantoso, y llegan con nosotros para que les demos una solución. Así es. Entonces historias de terror son nuestro día a día. Ahora, historias de terror en nuestro inicio como emprendedores, te voy a contar una muy buena. Yo comencé a trabajar en la empresa de mis papás. A los 17 años diseñaba circuitos impresos. Toda la parte del diagrama y la interconexión para hacer las tarjetas verdes donde van todos los componentes electrónicos. En ese entonces tenía un cliente, un ingeniero en Pemex que no me conocía físicamente. Estamos hablando de mil novecientos noventa y tantos. Todo era por teléfono, por fax. Entonces estos ingenieros me hablaban y me decían: Ariel, ¿cómo estás? Te mando el diagrama. Yo hacía el dibujo. Se los pasaba por fax. Me daban el visto bueno. Entonces mi papá fabricaba las piezas y se las mandábamos a una plataforma petrolera que estaba en Campeche. Un buen día me habla este ingeniero y me dice: oye, voy para allá. ¿Qué te parece si nos conocemos y eso, porque nos encanta trabajar con ustedes? Perfecto. Ese día que acordamos llega el ingeniero. En la oficina mi papá tenía dos pisos. Llegan con la persona que los recibe, preguntan por mí, los dirigen a mi oficina, y ahí estoy yo, un chavito en ese entonces de 17 años más o menos, a lo mucho 18, dibujando algo en mi escritorio. Tocan la puerta, y escucho a un señor diciéndome: oye amiguito, ¿está tu papá? Como mi papá tenía la oficina al lado de la mía, yo no tuve la precaución de preguntar quién era, y dije: sí, claro que sí. Fui por mi papá, llegué con él y estos ingenieros se dirigen a mi papá. ¡Hola Ariel! ¿Cómo estás? Mi papá: no, espérense. Yo soy Jorge, él es Ariel. En el momento en que les dijo: él es Ariel, estos cuates que eran dos ingenieros, se quedaron callados durante un minuto. Nada más se veían, me veían, veían a mi papá, se veían otra vez, y no decían una sola palabra. Fue de los minutos más incómodos que he tenido en mi vida. De repente yo dejo de existir para ellos, y se dirigen a mi papá diciéndole: señor Rojo, disculpe pero ya no podemos trabajar con usted. Mi papá dice: ¿por qué? Estos cuates dicen: ¿cómo que por qué? ¿No se da cuenta? Mi papá: pues no sé de qué están hablando. Pues es un niño. Mi papá voltea a verme, y yo todo pubertín. Pues sí es un niño, no me lo va a negar. ¿Eso qué? No, pues es que estamos hablando de que están haciendo circuitos para plataformas petroleras, y lo está haciendo un niño. Mi papá: sí. ¿Y? Mi papá la verdad es que agarró muy bien la onda y les dijo: a ver. Ustedes son los clientes y ustedes deciden. Nosotros no los vamos a obligar. Yo le voy a hacer tres preguntas, ingeniero, y después de ellas ustedes toman la decisión. La primera pregunta es: ¿cuánto tiempo tiene trabajando este niño con ustedes? Pues un año. ¿Cuándo les ha fallado? Pues la neta nunca. La más importante: ¿usted puede hacer lo que este niño puede hacer? Porque yo no. Se quedaron pensando, y a regañadientes dijeron: bueno, pues ya. Sigan adelante. Cuando se van los ingenieros me dice mi papá: no te preocupes. Cuando te salga bigote ya no vas a tener este problema. Entonces la moraleja es que sí, efectivamente esta parte de emprender y de creértela tiene que ser desde el corazón y siendo joven. No tirar la toalla, a pesar de todo lo que la gente te diga. La gente es experta en decirte qué es lo que puedes hacer y qué es lo que no puedes hacer, y no hay persona realmente capaz de decirte eso. Eso es algo que tú tienes que descubrir.

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